sábado, 28 de septiembre de 2013

EL DISENTIMIENTO


EL DISENTIMIENTO
Por Paco Gallardo

Acimutal y cenitalmente cada uno ve un espectáculo distinto

El toreo, ejercicio milimétrico, ciencia práctica acompañada de apasionada ceguera y de endiosado orgullo, sostenida en un hilo de caprichosa suerte, amenazado por lo imprevisto y por lo sorprendente y todo reducido a la apuesta de la intuición donde el primero en percatarlo y proponerlo ha de ser el torero.

 Se ejecuta desde una posición metafísica, a pesar de su nombre, que llamamos sitio, en verdad confianza, confianza en sí como centro: el eje donde no ha de girar  solo el toro, sino todas las almas que con el matador han de sentir los mismo. 
Diego Urdiales, clásico y puro, ante la embestida de un Victorino

El torero desde su soledad más íntima propone. Cada aficionado tiene su concepto personal del toreo, de lo que él siente, y no cabe discusión. Difícil entendimiento, ninguno nos resignamos a entender que no entendemos de algo tan brutalmente intrincado y apasionantemente  bello, que busca lo sublime del hombre frente el caos, la barbarie y la muerte. Demasiado complejo, ¿Verdad?

El barroquismo sin límite del genial Morante ante un toro que moriría embistiendo

 
Existen tantas tauromaquias  como casi aficionados. Todas las que respeten los cánones son validas, cánones en constante confrontación y por tanto en constante evolución, vivos. Unas encauzarán las desconcertantes embestidas con mayor o menor derechuras, otras las provocarán en inapelable imposición, otras las comprenderán en frágil entendimiento derramando gracia y armonía; y las más buscarán la alegre música del baile o el afán gimnástico del triunfo, pero todas se necesitan y todas son verdaderas; y en su mayores contrastes se nutrirán más en su esencia. No cabe mayor democracia ni mayor disentimiento.
Saúl Jiménez Fortes en el albero sevillano en un derechazo de honda entrega

Un viejo profesor de literatura me sugería que mientras más libros comprendiera y me apasionaran mejor lector sería. Con el toreo me está ocurriendo todo lo contrario, cada año comprendo menos tauromaquias, a pesar de respetarlas, pero cada día me gustan menos toreros. No era así en los recuerdos de mi mocedad, no comprendía que una corrida, cualquier corrida de toros, no fuera sumamente interesante.

Lo que sigue manteniendo mi atención siempre es el toro, aún sigo pensando que torear es enseñar al toro a embestir y en ese afán pedagógico, entiendo, me atrevo a intentar la quimera, el imposible, de querer entender a todos los toros, enamorarme de todos los toros y a partir de ahí el trato que se les da me parece tan sumamente interesante que casi me permite el interés de todas las lidias hasta que se llega a la falta del trato debido, o al que yo considero debido, algo, por lo demás muy común.  Y es a partir de ahí cuando un torero me interesa aún más, cuando es capaz de enamorarse del toro que ya nadie aprecia ni comprende. La capacidad de sorpresa es inmensa en la fiesta, para bien y para mal.

Después están las apuestas seguras, pero son menos interesantes, eso sí, más científicas y esplendorosas, pero por ello, son menos sublimes. Los extremos no se tocan, en la plaza, se abrazan, por ello para ver lo excelso, lo apasionante, debemos de admitir la desilusión y el caos. Habrá quien piense en un seguro para los toros: “si no queda satisfecho le devolvemos el precio de su entrada”, -seguro que se podría proponer, algún tipo de tauromaquia-, pero, el toreo es el abrazo de los contrarios y la cerrazón del círculo imposible donde la muerte, una cita con ella, se convierte en vida.
Metafísica pura de José, ausencia del cuerpo, a esa confianza le llaman sitio. Idílico. ¿Verdad?

Si aceptamos el toreo como ese milagro posible, que nos conmueve y nos hace vibrar, que nos sacude de la cotidianidad de cualquier existencia, este espectáculo es una apuesta brutal, sin ninguna otra que se le iguale; debemos aceptar los contrarios. Para ello, el ganadero podrá olvidarse del toro medio, y el torero de demostrar que el número uno es el que es capaz de cortarle las orejas a ese toro. Y los medios de dar premios a los mayores números y a la monótona regularidad. La regularidad no es toreo, no eriza el bello, aburre. Yo quiero el toro que emociona, el toro que pide el toreo eterno, el único que me hace ser un adolescente capaz de creer y morir por la belleza, la belleza de mi amada, y si para ello tiene que salir un barrabas o mi torero ese día no está, no importa, yo sabré esperar porque es lo más importante que me ha enseñado la fiesta, creer en los milagros  y saber esperar, aunque sea un milenio.