sábado, 12 de septiembre de 2015

UNA NOCHE EN SIERRA MORENA

UNA NOCHE EN SIERRA MORENA

RELATO CORTO.

Por Paco Gallardo




-Ya estaremos llegando-

Cansado ya, no solo de la carretera, le increpa al conductor, es una afirmación sin certeza; nuestro Torero, con ganas de desentumecer los golpes que tienen memoria y sobre todo los años.

-Hace tiempo que salimos de Despeñaperros-.

En un semáforo preguntan al primer viandante que abrigado  les hace repetir la interrogante:

-Señor, perdone, ¿falta mucho para Málaga?
-Para Málaga imagino que sí, pero Madrid, lo tienen aquí al lado.

Su vida, se puede resumir en este lance, ingenuo e infantil y persistente en el error. Su suerte no. Estuvo siempre en direcciones contrarias, y no contó con nadie, cuando más creía que se acercaba, más lejos e improbable tenía el objetivo, su triunfo, pero aún así y todo; el final del camino le llevó al norte dorado y cálido que anhelaba y sentía. Fue y es Torero por afición y por porfía con el destino, que quiso al final darle el  placer, la inmensa felicidad de saberse de los pies a la cabeza un Torero, un Torero en la vida, mucho más que lo que fue en los carteles.

Plumilla de Paco Arniz

No hace mucho, un día cualquiera, terminó la corrida, no hubo el triunfo esperado, era una cita importante, tampoco se estuvo mal, pero el ganado no tuvo lo que ahora dicen fondo, ni clase ninguna. Se perdió algo, por muchas escusas que hubiera, cuando no se triunfa en el toreo de verdad se pierde. La tarde fue muy exigente, no hubo público, solo aficionados, muy en contra todo, no pudieron sostener el aplauso de recibo y saludo a los dos matadores que se citaron en mano a mano importante. Fríos y distantes los graderíos se mojaban con una lluvia triste, persistente y honda que terminó contagiándolo todo de desgana y de manos que sostienen paraguas y no daban alas al vuelo del necesario reconocimiento y aplauso. Nada pudieron los seis quites y las seis puestas de hinojo ante su ancho chiquero, tan pronto, iluminado por los artificiales focos en la plomiza tarde otoñal.

Comentaban los allegados, -quien tenga ojos lo ha visto, no se puede estar más valiente, ha asustado al miedo- eran halagos fundados en la importancia con que el matador había apostado, para no traerse nada tangible, ni siquiera un solo aplauso, pero había afrontado y sin ganar, no había perdido y tampoco había empatado, así de complejo y paradójico es el toreo.

Cenaban íntimos, con el soniquete de la lluvia, la misma  que había presenciado la tarde gris, llamando a los cristales de las ventanas, ahora familiar y próxima. Reunidos familiares, algún amigo; y los toreros. El matador, más retirado en la ancha mesa, con sus padres era niño ante sus ojos, si que parecía lo que era, casi un chaval, obligado a madurar mucho antes de tiempo. Ahora, apura el que le queda para compartir con sus padres, antes de subirse al coche de cuadrillas rumbo al próximo reto, lejos del hogar familiar que por los menos hoy no andaba tan retirado de esta importante plaza.

En  otro círculo de conversación, en la misma larga mesa, nuestro Torero, con los lidiadores de la cuadrilla, mojaba con la mano y con la parsimonia de un viejo rito el pan tierno y caliente en el vino rojo de la copa y lo degustaba con afección y hablaba de la vida, que para él eran los toros.

-¿Qué sabrás tú, lo que es el valor?- se oía entre la sonora música del restaurante, céntrico y taurino que ya no disponía de mesas. Carteles de toros, decoraban con gusto de mesón con historia, muy lejanos, parecían  como si no hubieran existido nunca. Como si no fueran de esta tauromáquia de hoy, hablaban de desafíos y citas, gestas y beneficencias, y cabezas de toros desorejadas, llenas de misterio y  silencio sobre los comensales que prorrumpían en una letanía de aplausos al identificar al matador de la tarde cuando se levanta para atender a una aficionada que le pide un autógrafo.  Entonces,  el niño que era se estiraba crecía, le brillaba la tez dejaba de ser los que sus padres siempre verán en el, para convertirse en el icono de una cultura que va mucho más allá de modas ni de conveniencias. Aquel cuerpo aún joven por mucho por crecer, ya dentro albergaba a un Torero.

Plumilla de Sánchez Patín


-Valor es tener miedo. Sin miedo no tiene valor nada. Cuando tú lo ves ,-referiéndose al joven Maestro- blanco, desencajado, con la boca seca y sin  tenerlo claro, y dice –¡Ja, ja… Toro!- y se la pone delante planchadita y quieto- eso es valor, -y lo espera, y tarda, muy “despasito” y por fín la toma y empieza a pasar- eso es valor. Pero si no tienes miedo, ¿Qué valor vas a tener? ¿Si no sabes no lo que estás haciendo, ni porqué te sale, ni que te juegas?

-¿Que va a ser los señores?-

El metre dicta el menú y toma nota, muy familiar, no es el mismo metre aunque tenga la misma cara que atiende al resto de comensales, para los Toreros es muy cercano, a pesar de no conocerlo, derrocha cariño, y su sinceridad es próxima, es algo más que lo cotidiano, se le ve de la familia. Es el mismo que todos los días, con el mismo cariño, lo dejaron en la plaza anterior, será el que se encuentren mañana y le propondrá una tortillita, poquita cosa...

-Valor no es eso. El valor de verdad te lo da tu afición. Tú con ese valor no puedes torear, tú con ese valor sólo te puedes defender. Valor es estar donde quieres estar porque así te sientes Torero, porque tú lo has decidido; y es tan grande que aunque te vaya a meter el pitón el toro, y lo ves ya, no te quitas, porque eso no importa, de lo bien que lo estás enganchando tú a él, y resulta que no te engancha, que no te coge, y además lo llevas a donde tú quieres y como tú quieres y resulta que las gentes que están mirando se ponen a aplaudir como locos y a sentir lo que además más siente tu y más te conforta: saber que has podido, y lo ves pasar… , y sabes que vale la pena todo lo que eres capaz de arriesgar, que si te mete el pitón eso es segundario. -Eso es el valor-

Y nuestro Torero con los dedos llenos de la harina fina que adorna los panecillos, deja sus huella en la copa cristalina de un vino joven, -¿Manuel, cuando tú te has sentió más valiente? Le preguntan en la conversación.

- ¿Valiente…?-,  contesta, a la vez que pregunta,  moviendo la cabeza con asentida dubitación, -os contaré-, pero no hacerme mucho caso, ya hace tiempo y con los años, no se sabe si lo que uno cree es lo que fue, o lo que le hubiera gustado a uno que fuera. Yo sé que pasé de sentirme valiente a sentir un miedo profundo, muy consciente, muy del alma y sentí más pena que nunca, sentí pena de mí.

 Fue por la zona de Sierra Morena, alejaditos de luces y de gentes, un sitio precioso, para soñar el toreo. Era invierno crudo y el ganado estaba en un prado muy grande, todo recogio en su querencia de la noche, arropado, precioso, aún recuerdo sus caras, sus siluetas, recortarse en el cielo limpio de invierno, estrellado, bueno estrellado de tantos pitones; y teníamos que encerrarlos a todos. Era imposible, otra opción,  para poder torear, y más a pie, tuvimos que llevar a cabo y de esa manera toda la maniobra de apartar a los toros.

              Dibujo de Sánchez Patín

Así que manos a la obra,  se nos quitó pronto el frio, bueno, más que en la faena se nos quitó al ver al ganado, tan precioso. Rafael, que como yo, no tenía ni relaciones ni otra manera de aprender el oficio, se ofreció para sólo poder cerrar la cancela del corral, más bien un cercado más pequeño donde pensábamos torear.

Tenía que subirse a la verja y esperar que pasara toda la piara, una camada entera, volverla, que pensábamos no sería difícil pues ya vendrían a su querencia y llevarse a los últimos, a los que queríamos apartar, o al menos distraerlos para que Santiago que los había arreado toda la mangá, con piedras, muchas carreras y pocas voces; pudiera él ahora ser el que cerraría el portillo. A mí me dejaron, el trabajo más difícil, y eso que no tenía que hacer nada, pero era el más difícil. Ya veréis como siempre lo más difícil es quedarse quieto, esto no cambia ni cambiará nunca.

Resonaba el ganado y el vaho de los belfos de los toros se mezclaba con la inmensa humedad que calaba todo. Había una mangá muy larga hasta el cercado mucho más chico, donde poder dejar dos o tres utreros, -los últimos-, y poder torea. Inmenso el daño que se hacía, pero no había otra, ni vacas, ni ganado de desecho.

 Todo en la inmensidad de la Sierra y con el abrigo del frío, teníamos la esperanza que este tuviera a los vaqueros bien abrigaos y recogiditos. Todo iluminado por la siempre compañera: la luna, tremenda, la adornaba un cerco que nos parecía el tendido de la plaza de toros más bonita que se pudiera imaginar. Ella lucía el albero dorado de siempre y el cerco, sus tendidos, se iba abarrotando de un público que acudía lento y cansino, un público que extrañamente se dejaba que propusiéramos y ellos contemplaban en silencio nuestro toreo, un público especial, indiferente, así, hasta que… aparecía el ganado, entonces todo era otra cosa, la luna no la veíamos, era ella la que nos miraba. Tenía las mismas sensaciones que me contaba un viejo miliciano, sus hazañas, sus sufrimientos, cuando preparaban emboscadas, envueltos en el frio y en la oscuridad, la falsa tranquilidad, el silencio, las pulsaciones altas y de pronto, a lo lejos empieza un rumor, un zumbido, el suelo vibra, empieza el combate…
Dibujo de Sánchez Patín


El ganado no tomaba la contra-querencia de esa mangá y tardamos. Se volvían una y otra vez; yo, por el ruido, aún lejos, lo imaginaba, lo podía ver, como si me pasara a mí, como se volvían los toros parándose primero y volviendo a golpear el suelo, en briosa carrera que volvía a alejarse, los sonido se hacían de nuevo lejanos, con sus pezuñas, con sus mugidos;. Pero ya sea por cansancio o por insistencia, los más curiosos, al favor de  la inercia entraron los primeros, una vez que esto ocurrió no fue difícil. Los últimos, los más renuentes, por no dejarse manipular terminaron apretando para no ser los últimos en salir y en estrepitosa carrera de piedras, ruido y temblor del suelo sentía su proximidad. Recuerdo las palabras del miliciano cuando pasaba el convoy, casi rosándole, ufano y poderoso, dueño aún de su libertad, y había que dejarlo pasar, todo hasta que la obstrucción del camino que se iba a producir le obligara a combatir, en el lugar y en el momento más desventajoso…, claro para él.

Me tocó a mí ponerme entre la zona del vallado que no había valla. Lo más fácil, no había que hacer nada, con una muleta totalmente abierta, fingiendo ser una puerta, la que no había, y pasaros los toros como si yo no estuviera, ignorado, a pesar del trapo, con los brazos extendidos. Ante tanta algarabía me sentí desnudo, ridículo, creí ser un espantapájaros en la fría y solitaria noche, un espantapájaros sin pájaros que espantar y que no espantaba nada, más bien, el espantado era yo. Otras me sentí como un Cristo en una pared, además ignorado, como le pasa al Cristo también, todo fue muy rápido, tremendamente rápido, pero a mí me dio tiempo de ver, de comprobar, que toda la eternidad puede caber en un segundo, y cabe en un segundo.

 Solo un utrero con la cabeza muy alta, trotando y después al paso me miraba, y se paró,  como diciéndome –te he visto, torerillo, a mi tu, no me engañas-, le faltó decir mi nombre y donde aparcaba el coche, y me sentí ridículo con los dos brazos en cruz, como el de la Buena Muerte, con mis pies juntitos y la muletita toda desplegada como si fuera una puerta o parte de mi cruz; y aquel toro, parado ante mí, oliéndome todo mi miedo me veía, y yo le veía sus ojos perdonándome la vida, a merced del él, y como se reiría al marchar, plácido, ufano, con un trote seguro de andar en su casa y me dejaba vencido. A la vuelta del ganado no tuve vergüenza de quedarme allí y esperar a que pasaran para su cercado, me quité, me quité de miedo.

Cuando regreso con mis compañeros de correría, tenían a dos toros que brillaban con su pelo negro embistiendo, y yo me puse con ilusionante ansiedad a esperar mi turno, por fin. Los dos toros resoplaban en la oscuridad y repetían con codicia, con renovado ímpetu, y todo el sonido era muy cercano y húmedo, las respiraciones, llenas de vaho, el brillo de las puntas de sus pitones me parecían más brillantes que sus ojos, pero eran de bandera, sin picar ni nada, obedecían a los toques con una fijeza que siempre me ha hecho creer que los toros de noche embisten mejor, es igual que cuando llueve, embisten mejor. La muleta, la tomaban por bajo en series larguísimas, casi en redondo, ganándole los pasos, con la mano derecha, con la muleta siempre puesta, se habrían de puro ímpetu, y la querían tomar empujando, rompiéndose en cada golpe de sus ansías por derribar a ese muro de fantasía y magia que era ese trapo poderoso ahora, tan lejano del espantapájaros que sentía que formaba momentos antes.

Soñaba con las plazas partías de grabados antiguos, como los que vimos de la vieja plaza del Puerto y eso parecía ese cercado: una academia del toreo, pero cerril y agraz, y me llegó el turno, protestando claro, sino no me hubieran dejado.  No se cansó de embestir el toro que me tocó y cuando más acoplado y gustoso estaba, sentí como de un golpe seco, al otro maletilla que estaba en el mismo corral le volteaba y le recogía como un trapo el toro y tardamos en llegar, por mucho que corrimos, tardamos. Cuando yo por fin, tras despedir lo más lejos que pude a mi utrero llegué, solté la muleta y coleé al que sabiéndose certero, no cejaba la presa, no obedecía a los toques, tenía el trapo rojo en la cara y no soltaba a su víctima, cuando por fin  lo conseguimos desasir, estaba desnudo, lo dejó sin ropa. Con un cinturón pudimos hacerle un torniquete y ponerle un pañuelo en la caliente herida; y salir como pudimos. Se hizo interminable y muy pesado todo el largo camino, no creímos ninguno que llegaríamos al coche que escondido lejos, esperaba entre unos árboles que parecían inalcanzables, no nos confundimos de caminos, a pesar de las circunstancias, no tenía ya fuerzas, se nos asfixiaba, respiraba y le faltaba el aire cuando ya encontramos gracias a Dios un hospital.

 Los médicos lo salvaron y nos hicieron el favor de no llamar a la policía, hoy en día yo creo que no se hacen esas cosas, ya nadie se fía de nadie. Aunque vimos que nunca se creyeron que se cayó de un árbol, cazando pajarillos de noche, con nuestra linterna y nuestra escopetilla de plomo, y que se clavó unas ramas que estaban desmochadas. Estaban seguros que esas heridas la habían hecho unos cuchillos, además en manos de algún loco, y ni sabrían el porqué, ni se lo imaginaban; pero lo curaron. Unos días después salimos del hospital.

Yo, pasé miedo, creo que ese día no estaba escrito que se fuera Rafael, y por eso no se fue, pero él se quería morir por mucho que le decíamos; y yo también me quería morir, pero de miedo y de la pena de tener que llegar con él muerto a su casa y dárselo a su mujer y a sus hijos. Por eso, yo creo, que el verdadero valor es el que te permite no rendirte, aunque sea más cómodo morirte que seguir luchando. Cualquiera, puede ser un héroe en un momento y en unas circunstancias determinadas, pero tirar para adelante, cada día, cada paso y no volver la cara, a pesar de que no te espere ningún reconocimiento y ninguna felicitación, eso es valor.


¿Y en los postres que van a tomar los Señores? -Tenemos casero: tocinito de cielo, hay natillas, flan…y también hay fruta.


Dibujo de J. Arrizabalaga